Hungría hora estelar

Por Gerardo Cabrera Santos

LA RECONSTRUCCIÓN

Sin dudas el pueblo húngaro ha dado al mundo un ejemplo de su laboriosidad y su febril empuje en su afán reconstructor. Rehaciendo de nuevo a su capital, Budapest, la espectacularmente bella ciudad de siempre, a la que un 80% de sus edificaciones le fueron destruidas o dañadas durante la guerra. Habían pasado escasamente 15 años de terminados los combates de la guerra y ahí ante nuestros ojos estaba esta bella postal que contemplábamos y que ahora nos acogía. Ahí estaban reconstruidos cinco de sus puentes,  de belleza sin igual que adornan el Danubio. A nuestras espaldas el puente Petöfi, nombrado en honor al insigne poeta, apóstol de la revolución del 1848.

A nuestro frente y primero ante nuestros ojos está el puente de las cadenas, Lánc Híd, con sus cuatro majestuosos leones custodiando simbólicamente la entrada al puente por sus dos cabezas, considerado por muchos como el puente más bello de la ciudad. Dicen los húngaros que estos leones rugen cuando el puente lo cruza alguna mujer virgen. Faltaba el puente de Erzsébet, que había sido construido en el 1903 y destruido en enero de 1945, al que el pueblo llamaba puente de Sisi y que aún no había sido reconstruido, pero ya se trabajaba en los cimientos que habían quedado en la plaza 15 de marzo en el lado de Pest. Más alejado, en la parte de Buda se podían ver los residuos del Palacio Real, que había sido ferozmente bombardeado y de cuya cúpula y paredes solo quedaban algunas partes en pie. Frente a él, en Pest, se podía ver el Parlamento, que en la lejanía al parecer estaba intacto.

Más allá a lo lejos se distinguía el Puente Margarita, (Margit Híd), que había sido originalmente diseñado por Gustavo Eiffel, el de la torre de Paris. Y que daba entrada a la isla Margarita, en el medio del Danubio a la altura de Budapest. Extasiados por el impacto de estar allí contemplando la ciudad, como desde un trono, que de por si era esplendorosamente bella a pesar de las cicatrices de la guerra, es que nos percatamos de un pequeño grupo de jovencitas que venían cruzando el puente en dirección a Pest.  Las mirábamos extasiados y ellas nos dedican esa sonrisa preciosa y tímida de las jóvenes húngaras que nos incito a hablarles, a decirles algo, claro en español, y ellas muy salmearas nos siguieron la corriente ya que se sorprendieron de encontrarse allí con jóvenes más o menos contemporáneos que no hablaban húngaro.  Inmediatamente sacamos nuestros nuevos diccionarios y le entregamos el correspondiente del húngaro al español, mientras que nosotros esgrimíamos el español- húngaro. Nos siguieron la corriente.  Aquello era una fiesta entre risas y gestos complacientes, pues ni ellas ni nosotros sabíamos cómo manejarlo, pero estaban dispuestas a la comunicación. Ellas fueron las que rompieron el hielo al extraer una pequeña libreta de una de sus carteras y buscando en el diccionario nos escribieron: ¿nombre? Ahí le escribimos nuestros nombres y ellas los suyos. Aquello tomaba un siglo, pues era muy demorada la conexión por la búsqueda en el diccionario. No obstante, era divertido y tanto ellas como nosotros lo tomamos pacientemente y con agrado. Así nos enteramos de que estudiaban enfermería, que no eran de Budapest y estaban albergadas en la propia escuela.  Aquella que entró inmediatamente en afinidad conmigo se llamaba Valeria y era de la ciudad de Tapolca, en la rivera del lago Balatónn. Nos enseñaron donde estaba la escuela de enfermería, que resultó relativamente cerca, en la parte de Pest, la primera calle a la izquierda al cruzar el río. Nos informan que los sábados por la noche hacen fiestas y que suelen bailar, pero sin consumo de alcohol y así quedamos automáticamente invitados. Claro, ese sábado allí estábamos nosotros de cuerpo presente, más puntuales que el Big Ben y listos para la guerra. La entrada era por un portón grande que daba al patio central de la edificación. Aquello estaba lleno de jóvenes de ambos sexos y la música a todo volumen, claro volumen europeo y no el escándalo cubano. Allí con una amplia sonrisa nos esperaban nuestras amigas. No podíamos mediar palabras por la dificultad idiomática, pero esa barrera los jóvenes las superan de inmediato. Comenzamos a bailar y lógicamente nosotros los cubanos inmediatamente nos extralimitamos en los pasillos de baile, y apretando siempre, aunque nada tenía que ver la música que ponían con la que nosotros conocíamos, pero así poco a poco nos fuimos adaptando al estilo de ellos, pues giran a la izquierda con los pasos 1,2,3 mientras que nosotros lo hacemos a la derecha como los pasos 1,2,3,4 y lógicamente en un inicio aquello era un enredo.

La mayor sorpresa nos llegó cuando en el medio de la pieza que bailábamos se aproximó un joven y haciendo una leve flexión de cintura y mirando directamente a la muchacha, le dijo “szabad?” (Será libre?). Y ella me soltó y se fue a bailar con él. Seguidamente, al ver nuestro desconcierto y descontento pues yo pensaba que ya era mía. Nuestras amigas nos hacían señales para que le hiciéramos lo mismo a otra pareja. Efectivamente nos acercamos a la que más o menos nos gustaba, yo las medía a ver si me quedaba bien, pues la mayoría eran mujeres muy altas para mí. Le hicimos el gesto de flexión de la cintura y mascullamos algún sonido en español claro está, e inmediatamente aquello funcionó, pues la joven se dio la vuelta, dejo a su pareja ocasional y vino a bailar conmigo. Luego nos enteramos de que esa es la costumbre y que es la joven la que decide si va a bailar o no con el otro, pero también negarse se considera una descortesía muy grande, por lo que es usual que te dejen plantado. Bueno, esa noche fue de aprendizaje mímico y tremenda experiencia. Fue mucho mejor que quedarse en el albergue aburrido, oliéndole las ventosidades a los compañeros. Aquella experiencia fue extraordinaria y sin dudas la envidia para aquellos que se quedaron mosqueados en el albergue y a los que se la restregábamos en la cara.  La cosa ahora era esforzarse para no perder el contacto y continuar la amistad.

Quedamos con nuestras amigas en salir a pasear   por Budapest al siguiente día, domingo. Aquello fue de caminar por las calles y brindarles helados y ellas mostrarnos las cosas de las vidrieras y dándonos los nombres respectivos. Nosotros le preguntábamos “mi a neve?” (¿Cómo se llama?) o mi ez? :(¿Qué es eso?), a las cosas de interés. Ese día aprendimos a decir “si” (igen), “no” (nem), como estas?,(hogy vagy?) que ya nos resultaba difícil,  así como muchos de los colores, y alguna que otra tontería que quedaría en nuestra memoria para toda la vida. Todo este paseo fue tomados de la mano, a lo que ellas accedieron fácilmente, pero sin ningún exceso por parte nuestra, pues queríamos garantizar la amistad y esa señal de respeto nos abría el camino. Aunque sabe Dios qué habría pasado si no.

Sin dudas aquel paseo con las hungaritas fue el primer examen de idioma que tuvimos que pasar, pues aprendíamos con avidez y estábamos obligados a comunicarnos para no resultar aburridos y conservar la relación. Y llego nuestro primer día oficial de clases de idioma. Nos concentraron a los cubanos en un solo grupo de unos veinte incluyendo las 5 muchachitas que iban a estudiar ingeniería, a las que te pusimos “las negras” ya que entre ellas solo había una blanca. Todos éramos muy jóvenes, alrededor de los 20 años,  excepto dos alumnos que estarían alrededor de los 40. La profesora era una señora de unos 55 o más años de edad,  de baja estatura y complexión delgada y de cabello muy ralo. Era sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, por lo que presumo era de origen judío.  Su nombre era algo complicado, pero por su cabello ralo le pusimos “pelusa” y siempre así nos referíamos a ella, lo que me ha hecho olvidar su nombre.

Lógicamente esa primera clase oficial será inolvidable, pues empezando con las vocales, el húngaro tiene 14, por lo que teníamos que emitir sonidos hasta entonces desconocidos, además el alfabeto cuenta con 44 letras, 15 más que el español, lo que dificulta aún más la tarea. De las vocales eran las a-es las de mayor dificultad para pronunciarlas, ya que tiene dos variantes, la “a” normal y la “á” acentuada y ninguna de los dos sonidos los tenemos en español, ya que la “a” en una mezcla con cierto sonido de o, y la á es una a más abierta que la nuestra. Lo mismo pasa con la é que es una e con acento y suena entre la “e” y la” i”. Por su parte la ö se pone la boca para decir “o” y se dice “e”, Igualmente la ü se pone la boca para decir “u” y se dice “i”. Tanto la ü como la ö tienen la variante de en lugar de dos puntitos sobre ellas, colocan dos tildes, lo que prolonga el tiempo de su pronunciación y algo más fuerte. El resto de las otras vocales no tienen mayor complicación. Las consonantes, por su parte, también tienen su dilema, pues hay sonidos que no son imitables en el español, por ejemplo la ty, dz, ly, lj, gy, la c suena como ts y la s suena como la sh del inglés y otras complicaciones más.

La pronunciación también tiene sus cosas, pues generalmente todas las palabras húngaras se acentúan en la primera silaba, pero si tiene además alguna vocal acentuada, en ella también lleva un refuerzo. Otra pronunciación que se convirtió en un show para algunos compañeros es que en español no existen o hay muy pocas palabras que terminan en “m”, por lo que la tendencia era a ignorarla y pronunciarla como “n”. La profesora insistía que había que cerrar los labios al final de la palabra para que saliera la “m”, pero la mayoría la decía con “n” y solo después cerraban los labios, saliendo una mueca ridícula. Esa “m” es de suma importancia pues es utilizada en la conjugación de los verbos, los posesivos, etc. Es decir define muchas cosas.

Otra particularidad es que las oraciones en húngaro siempre tienen el verbo al final. Además los adjetivos van delante del sustantivo al igual que los complementos que van detrás del sustantivo: Un ejemplo simple sería que para decir que “un niño de 5 años juega detrás del árbol”. Esta oración en húngaro se estructuraría: el cinco años niño en el árbol detrás juega, por lo que solo es al final que sabemos lo que hace el niño detrás del árbol, porque en vez de jugando, podría estar por ejemplo escondido u orinando, o vaya usted a saber qué. Hay que sumar a las características de este idioma que a los sustantivos se les puede añadir posposiciones, que van modificando su función en la oración, formando complementos. Por otra parte, las conjugaciones verbales son otro poema, ya que existen dos grupos, las que responden para resaltar el complemento directo, acusativo, y las que corresponden para resaltar el sujeto, además si son definidas o indefinidas, es decir un mismo verbo puede conjugarse de formas diferentes en dependencia de lo que se quiere resaltar en la oración. No se conjuga igual para decir veo “la casa”, que veo “una casa”. Igualmente están las preposiciones verbales que pueden cambiar completamente el significado del verbo. Y muchas otras cosas así,  por eso es por lo que dicen que el idioma húngaro lo inventó el diablo borracho.

La realidad es que “pelusa” fue la que nos enseñó a hablar el húngaro, incluso nos enseñó versos, canciones, que aún hoy mantengo en mi memoria, fue una magnifica profesora, además de muy educada, cariñosa, simpática y agradable. Fehacientemente nos aconsejaba buscarnos amistades femeninas para que nos enamoráramos y así nos viéramos forzado a hablar el húngaro. A esta recomendación nos acogimos al 120% por lo que constantemente asediábamos a las muchachitas estudiantes que hacían su servicio social en los mercados del barrio. La profesora nos insistía diciéndonos que: Cada rendezvous era un examen. Ese consejo lo seguíamos al pie de la letra.

Pasadas unas semanas hubo un reordenamiento de los dormitorios ubicándonos en habitaciones solo compartidas por dos estudiantes. Ahora   ya teníamos camas en lugar de las literas iniciales. Sin embargo a los pocos días de estar en la nueva habitación, mientras dormía, comencé a sentir picadas Insoportables, que no me dejaban dormir tranquilo y que me producían ronchas y comenzaron a aparecer vestigios sanguinolentos en la sabana. Un día me percato de la presencia de insectos en el techo de la habitación que deambulaban a su antojo y que al aplastarlos estaban llenos de sangre. Los expertos determinaron que eran chinchas. Ante la inconveniencia de estar soportando toda la noche sus picadas, fue que opté por irme con mi colcha para las aulas y pasar la noche durmiendo allí sobre las mesas.  Asi estuve algunas semanas, hasta que las protestas obligaron a fumigar todo el edificio. Aún recuerdo que el dormir en aquellas tablas me producía un bienestar corporal incalculable, sin dudas es una costumbre muy saludable para la columna vertebral. Al parecer hubo quejas colectivas por lo que la dirección de la escuela decidió proceder a la fumigación del edificio, para lo que organizaron una excursión de tres días a una ciudad cercana para facilitar el trabajo y nuestra integridad.

En esa rutina escolar estuvimos como casi tres meses, al cabo de los cuales nos cambiaron de profesora. Esta nueva era una joven muy simpática, de cara agradable, aunque un poquito dientonsita, pero con un cuerpo espectacular. Con esta nueva maestra comenzamos la aventura de la fraseología técnica, necesaria para emprender las metas educativas que nos proponíamos. Hay que señalar que en su inmensa mayoría las palabras técnicas del húngaro no obedecen a voces latinas. Por ejemplo Matemáticas en húngaro se dice Számtan, que literalmente es Estudio de los Números. Al cabo de par de meses intensivos ya nos entendíamos con las gentes, lo que nos permitía socializar. Ya había llegado el invierno, algo novedoso para los que veníamos del trópico y desconocíamos las costumbres que esto traía consigo, así que íbamos a patinar en el hielo, o a participar de los eventos bajo techo que eran de un calorcito acogedor, como frecuentar cines, conciertos musicales, ir a bailar, etc., para los que el ministerio de educación nos regalaba las entradas.

Luego del examen de idioma correspondiente, los aprobados fuimos insertados en el sistema de bachillerato, en los institutos de segunda enseñanza húngaros, “gimnazium”. Aquí cursamos las asignaturas de Matemáticas, Física y Química correspondientes al último trimestre del último año para las asignaturas de ciencias, junto con los nacionales. Sin dudas eran cursos de nivelación con mayor nivel que el nuestro, además del idioma, ya que había que hacer las tareas reglamentarias y participar en las clases contestando las pregustas de los profesores y compartiendo además con los alumnos húngaros. Tuvimos que pasar junto con los estudiantes nacionales el examen final de las asignaturas correspondientes. Aquel estudiante extranjero que no aprobara este examen no podría entrar a la universidad y tenía que repetir el año, lo que estaba permitido por solo una vez, pero no para los cubanos, para los que las reglas del juego eran abandonar el intento e ir a estudiar como técnico medio y no a la universidad. Por suerte no fue el caso para ninguno de mi grupo.

Habíamos arribado al país unas semanas antes de iniciarse el otoño, por lo que fuimos testigos de los cambios estacionales de la naturaleza, de los colores de las hojas de los árboles durante su proceso de secado, que sufren por el cambio climático que se avecina, lo que ofrece una policromía   de tonalidades increíbles. Luego la caída de todas hojas mostrando las ramas desnudas, que para nosotros, los que veníamos del trópico, fue un espectáculo deprimente y triste, con sentimientos de desolación. Luego llegaron las nevadas y la congelación de la película de humedad que cubre las ramas, lo que formaba una fina capa de hielo, que luego con las oscilaciones de la temperatura va incrementando su grosor, hasta crear una especie de forro de hielo transparente. Por las noches el alumbrado público producía reflejos bellísimos en esa capa de hielo, así como un tintineo muy agradable cuando el aire que soplaba hacia entrechocar las pequeñas ramas entre sí. Ese primer año la temperatura llego a alcanzar los 32 grados bajo cero en las madrugadas, ya que en Hungría en el invierno se reciben frentes de aire procedente de Siberia. Igualmente esa primera primavera fue espectacular, la naturaleza brotaba ante nuestros ojos como una explosión de aromas y colores. Se veían brotar las hojas en los árboles y casi se podía apreciar su crecimiento, así como todo comenzó a llenarse de flores y colores. Empezaba el calorcito y los abrigos fueron disminuyendo en cantidad y calidad e igualmente que la naturaleza, el ánimo de las personas también florecía y sobre todo entre los púberes, en los que también se podía apreciar el cambio en sus cuerpos y en el brillo de sus miradas. Aquí comenzaba la cacería. No era la misma muchachita la que se puso el sobre todo para pasar el invierno, a la que ahora se lo quitaba para dar la bienvenida a la primavera. Ella también había incubado su desarrollo bajo el abrigo y ahora mostraban como capullos sus flores y sus encantos con la llegada del buen tiempo.

Castillo de Buda

Ya comenzaban nuestras vacaciones, marcadas por la mudanza de nuestro alberge hacia la zona de la fortaleza del Castillo de Buda, a un edificio muy viejo y señorial ubicado en el más emblemático y bello lugar de toda la fortaleza del Castillo de Buda y probablemente de Budapest. Era en el albergue para los estudiantes de la Universidad Técnica de Budapest, ubicado en la plaza Hess András 1-3, en honor al primer editor de libros de Hungría en 1472, probablemente de origen alemán.  Esta plaza posee en su centro un monumento a la Santísima Trinidad erigido en 1706 para dar gracias por el final de la epidemia de la peste que azoto el país, sin embargo, se presentó nuevamente dos años después. El monumento está situado exactamente frente al pórtico principal de la Iglesia de Matías, cuya construcción data del año 1247, que es, a su vez, el templo más significativo de Budapest y de Hungría por su historia y significado. Toma ese nombre en honor al Rey Hunyadi Mátiás, apodado Mátiás Corvino, por adoptar un cuervo como su símbolo. Mátiás fue hijo del Hunyadi János, héroe de la derrota de los turcos en Nándorféhervár (Belgrado). El templo lleva su nombre pues en él fue coronado Rey en 1458. Aquí igualmente fueron coronados los emperadores de Austria Francisco José y Sisi.

Al costado del templo está el Bastión de los Pescadores, (Halászbástya) que se encuentra en la colina del Castillo a pocos metros de la iglesia Matías. Este mirador, con vistas al Danubio y a Pest, fue construido sobre una parte de las murallas del castillo entre 1895 y 1902, con una mezcla de estilos, entre el neogótico y el neorromántico, y se caracteriza por tener siete torres de visibilidad, decorativas, que simbolizan las siete tribus magyares, que conquistaron la tierra que se convertiría en el reino de Hungría. Inmediatamente detrás del Bastión, que nunca tuvo un papel defensivo, se haya la estatua ecuestre de San Esteban, el primer rey de Hungría, canonizado santo por haber convertido el país del paganismo al cristianismo.  Para subrayar, este impresionante monumento, probablemente el más amado por los turistas, que fue erigido para celebrar la milenaria historia de Hungría. La construcción del Bastión de los Pescadores se entrelaza también, porque la disposición de esta terraza panorámica con forma de T abraza la iglesia y resalta su belleza. Las amplias escaleras que conducen al Bastión, adornadas con copias de estatuas históricas, sirven también como entrada escénica a la colina del castillo que simula una muralla sobre la que está construida una edificación con una arquitectura espectacularmente bella con torres, pasillos y terrazas muy elegantes, desde los que se puede contemplar el Danubio, y la zona más elegante de Pest, y principalmente el monumental Parlamento de Hungría.  El Bastión cuenta, además, con una escalinata ancha que conecta su base con el tope de la muralla, por la que se puede tener acceso desde los barrios colindantes a la rivera del Danubio en ese tramo.

En múltiples ocasiones tuvimos la oportunidad de disfrutar de los conciertos que los sábados por la noche ofrecían orquestas sinfónicas en las escalinatas del Bastión, Así como también asistir a la misa de 10 am los domingos, donde se ofrecían misas solemnes, de grandes autores como Beethoven, Réquiem de Mozart, etc., amenizadas por coros y orquestas sinfónicas del mayor nivel, a la que asistían desde Viena muchos austriacos para disfrutar de ellas por su gran calidad. Para asistir a esta Misa había que tener la especial precaución de desaparecer de la vista de nuestros propios compañeros cubanos, mezclándonos con el público allí presente, ya que se rumoreaba de la insistencia de la directiva en vigilar ciertas tendencias entre los estudiantes. Había personajes entre nuestros mismos compañeros que nos vigilaban y delataban de cualquier actividad a la embajada de Cuba, muchas veces solo para congraciarse; sobre todo de nuestra asistencia a actos religiosos, lo que probablemente provocaría la inclusión en alguna lista negra de futuras consecuencias. Hay que recordar que la fe religiosa en Cuba se convirtió en asunto prohibido.

El albergue universitario era un edificio de aquella época antigua, de tres pisos, pero al tener un puntal muy alto había pisos intercalados. Todos llenos de habitaciones y algunos espacios para estudiar, dibujar, etc. Considero que probablemente habría alrededor de 500-800 estudiantes allí albergados de las diferentes carreras universitarias. Para acceder al castillo teníamos dos vías, la del deportista que consistía en escalar la muralla por una escalera recta de 120 escalones, a cuya base había que llegar a pie después de caminar 400-500 metros partiendo de la parada del tranvía que estaba antes de llegar a la estación de ferrocarriles del sur (Déli Pályautvár) y la otra vía, también a pie, para ahorrarnos el ticket del autobús, que consistía en partir de la plaza de (Moskva Tér) donde estaba la última parada del tranvía 6, y entrar en el complejo amurallado de la ciudadela a través de la puerta de Viena (Vécsi kapú ). Esta última tirada era casi de un kilómetro de largo.

Del pórtico de entrada de nuestro nuevo albergue se abría una elegante y amplia escalera de mármol que conducía a un gran salón a todo lo ancho del edificio, en el primer piso. Aquí todos los sábados se daban bailes hasta altas horas de la noche, sin consumo “oficial” de bebidas alcohólicas. Estos bailes eran amenizados por orquestas juveniles con la música del momento. Serían los embriones de las actuales discotecas. Tanta gente reunida dando los brincos y contorsiones típicos de la música de aquellos tiempos, unido a la costumbre de pedir la mujer con que se estaba bailando, con aquello de: ¿szabad?, que en muchas ocasiones era motivo de trifulcas y broncas a piñazos, cuando había individuos que se encarnaban en la pareja de otro y aquello terminaba como si fuera una taberna del lejano oeste americano. Tengo amigos que aun llevan la cicatriz recuerdo de aquellas fiestas. Una de las actividades preferidas era el sentarse en el Bastión de los Pescadores y contemplar el espectáculo del Danubio en el ir y venir de embarcaciones y principalmente del Parlamento. El edificio, con 691 dependencias, tiene una longitud de 268 m y su cúpula se eleva hasta los 96 m. La sala central, de donde se puede observar la cúpula desde dentro, tiene diversas estatuas de reyes húngaros, como por ejemplo San Esteban o Esteban I, primer rey de Hungría.

El Parlamento (Országház) es probablemente el edificio más bello de Budapest. Es el centro de la legislatura húngara y otras instituciones, como la biblioteca del Parlamento. Se encuentra exactamente frente al Bastión, pero del otro lado del rio en Pest. En el distrito V de la ciudad. Su frente da al río Danubio pero la entrada principal está por detrás en la plaza Kossuth Lajos. El edificio fue construido entre 1884 y 1902, siguiendo los planos de Irme Steindl, que se quedó ciego unos meses antes de la inauguración. Es el mayor edificio del país, escenario de las reuniones de la Asamblea Nacional de Hungría y el tercer mayor parlamento del mundo detrás del de Rumanía y el de Argentina Es de estilo neogótico, aunque con algunas particularidades. Está considerado el parlamento más bello del mundo. El interior está decorado con mármol y oro. El edificio con su estructura simétrica sirve para albergar un parlamento bicameral. En ambos lados de la escalera exterior se encuentran dos estatuas de leones. Las columnas están hechas de granito bermejo de 6 metros de altura y pesan 4 toneladas cada una. En el techo se pueden observar las pinturas alegóricas de Károly Lotz como la “Apoteosis de la legislación” y la “Glorificación de Hungría”.

Esta zona de la plaza Kossuth,  detrás del parlamento, la solía visitar con mucha frecuencia, pues había allí un restaurante, el Bella Italia,  donde tocaba el arpa paraguaya Jose Arismendi, de esa nacionalidad,  que había obtenido una beca en Hungría para estudiar música y era indudablemente un virtuoso de ese instrumento, que adquirió allí buena fama. Su calidad era excepcional. y le proporcionaba constantes contratos en muy buenos rincones de Budapest, que le permitían un estilo de vida desahogado como estudiante.  Compartía albergue para músicos con otros estudiantes de música, entre ellos la concertista cubana y pianista María Zambrano, a quien me unía una buena amistad.  Teníamos delante de nosotros las primeras vacaciones en Hungría y las autoridades húngaras cometieron el error de adelantarnos dos meses de estipendio. La primavera en su apogeo, nuestros cuerpos y nuestros ánimos también al unísono de la naturaleza. Todas las noches nos íbamos de cacería, en busca de los parques donde se organizaban fiestas y se reunía la juventud para bailar y divertirse.

En la primera semana de vacaciones el Ministerio de Educación Superior nos financio la estancia en un Campamento de Verano al norte de Budapest en Rivera del Danubio en la zona conocida como Recodo del Danubio, llamado así porque el Danubio que viene del oeste de rumbo Viena, hace una curvatura de 90 grados hacia el sur para entrar en Budapest. Este Recodo es un lugar increíble, muy histórico y lleno de lugares con unas vistas espectaculares, muy buenas tabernas con magnifica comida típica y buen vino casero.

Bastión de los pescadores

Algunos estudiantes extranjeros de más experiencia nos remitieron a una oficina de la UIE, Unión Internacional de Estudiantes, que ofrecía gratuitamente un carnet de identificación como miembro, con el que se podía obtener rebajas en el trasporte europeo por ferrocarril y también en los albergues universitarios. Aquello nos venía como anillo al dedo, ya que podíamos viajar libremente porque la Embajada aun no nos había prohibido salir del país, quitándonos la documentación.

Junto con esta identificación se podía, además, obtener un folleto en cuya cubierta estaba dibujada una señal de transito de PARE.  Dentro estaba lleno de páginas con bonos para diferentes kilómetros trasportados. Estos bonos se utilizaban como pago por la distancia que fuéremos transportados por los vehículos que daban un aventón, cosa muy popular en aquella época, sobre todo en trasporte pesado.  La posesión de este folleto era casi imprescindible para obtener fácilmente el aventón, solo había que mostrar la portada del folleto con la señal de PARE, para que pararan y nos llevaran. Los choferes de los vehículos colectaban los bonos y anualmente podían hacer dinero efectivo por la cantidad kilómetros que habían trasportado por esta vía. La posesión del bono era el requisito indispensable. Sin dudas era un método efectivo para resolver en aquella época las dificultades de transporte que aún existía. Esto se convirtió en una vía efectiva para los estudiantes de viajar por Europa. Para ensayar, en una ocasión fuimos a Pilsen,  cerca de Praga,  a tomar cerveza utilizando este método de aventones .Como teníamos plata, ya que nos habían adelantado dos meses de estipendio, y al no tener ningún tipo de obligación docente, como no fuera alternar con las hungaritas para “practicar el idioma” era que noche y día correteábamos por la ciudad, afanados en conocer.

Uno de los lugares de esparcimiento preferidos de Budapest es la Isla Margarita que es a su vez el mayor parque de la ciudad,   que fue habilitado como tal en el 1908. Tiene aproximadamente más de dos kilómetros y medio de largo y unos 500 metros de ancho. Originalmente la isla era llamada “Isla de los Conejos”. Posterior a la invasión de los mongoles en el 1241, Margarita, que era una moja hija del rey Béla IV,  fue destinada al convento allí existente construido por los dominicos con el apoyo de su padre, como ofrenda a Dios para que no volviera a ocurrir un desastre como el que ocasionaron los mongoles. También muchos otros nobles enviaron allí a sus hijas con el mismo propósito. De ahí que solo habitaban la isla personas pertenecientes a la familia real. Sin embargo, nuevamente en el siglo XVI sufrieron   la invasión de los tártaros, quieres destruyeron algunas de sus edificaciones. De ese convento aún se conservan sus ruinas. En la Isla esta la famosa torre del agua, que data de 1911, hecha de hormigón armado, para abastecer al legendario «Gran Hotel Danubius Margitsziget», que era el lugar en donde aristócratas provenientes de toda Europa venían a pasar las vacaciones y a relajarse en su balneario.  También allí hay una pequeña iglesia de precioso porte. Actualmente la isla se ha convertido en un lugar de esparcimiento turístico ya posee las mayores instalaciones de complejos de piscina al aire libre de Hungría, conocidas como Palatinus. Sus parques, fuentes y jardines, así como su flora es espectacular, semejando un jardín botánico. Esta Isla tiene la particularidad de poseer en su entrada un puente, el Margarita, construido en forma de Y para dar entrada a la isla y diseñado por Gustavo Eiffel. En su otro extremo se encuentra el puente Arpad, de nueva construcción,  que comunica la isla con la zona de O’Buda donde se concentran las ruinas romanas.

Así con ese tren de vida el estipendio para dos meses no duró ni para 15 días, y de pronto nos vimos en la miseria. Recuerdo que hice dúo con un amigo cubano que le decíamos “el negüe”, Orlando Leal, íbamos siempre a almorzar juntos a un paradito, donde consumíamos un solo plato para los dos, mitad y mitad, de un guiso de col en caldo de tomate, que en aquella época valía 1,40 forintos. Era lo más barato que se podía comer y lo dividíamos entre dos, así estuvimos como diez días. A los pocos días ya aquella dieta nos tenía al borde de la catalepsia.

Ante la miseria en que estábamos sumidos fue que decidimos junto con mi amigo Jorge Roca salir a buscar trabajo en agencias que ubicaban temporalmente a los estudiantes durante las vacaciones. Conseguimos trabajo en una fábrica de refrescos nacionales que estaba al lado del famoso Rudas Fürdo en Buda, que son baños termales de origen turco, que están al pie de la loma del Gellért. Los refrescos eran los llamados “bambi”, que estaban envasados en botellas de vidrio con unas tapas de porcelana que sellan la botella a través de una junta de goma, para lo que utilizaba un sistema de alambres que funcionaban como bisagras, que sirven de ajuste para el cierre hermético y para la apertura de la tapa. Una misma tapa podría durar años. Los refrescos eran de limón, naranja o fresa y se llenaban en máquinas que primeramente lavaban las botellas, luego echaban la cantidad de sirope estipulada y por último las rellenaban con agua de soda. El operador cerraba las botellas.

En esta fábrica la mayoría de los empleados eran mujeres de unos 30-40 años, algunas de origen gitano, y otras del interior del país.  Eran en general gente afable y de buen humor, jodedoras en buen cubano,   lo que sin dudas es una característica a destacar en los húngaros,  además de ser altamente hospitalarios. También había un grupo de muchachitas,  jóvenes estudiantes en trabajo social,  que iban a trabajar para buscarse el certificado de participación, exigido por sus centros de estudio. Estas mujeres se pasaban las ocho horas de trabajo cantando y haciendo chistes, usando palabrotas y gestos correspondientes,  por lo que aquello era una fiesta durante todo el turno. Nuestro trabajo era surtir manualmente las maquinas con botellas, colocándolas en una estera de alimentación. Las mujeres para joder nos pedían más botellas aunque no las necesitaran, la cosa era buscarnos la lengua y divertirse con nosotros.  Ellas constantemente estaban fastidiándonos, tratando de sacarnos conversación aprovechándose de nuestra timidez por nuestro pobre dominio del idioma.  Nos tomaban el pelo cada vez que se les ocurría haciéndonos preguntas complicadas y de doble sentido. Los jefes superiores también se divertían con las jodederas que nos montaban y consentían la cosa. Nosotros también nos divertíamos con la jodedera. Por nuestra parte aquella era una aceptación que nos hacía sentir bien.

Recuerdo que teníamos que trabajar por adelantado dos semanas para que nos pagaran el primer salario estipulado, por lo que económicamente estábamos más atrás que los cordales. Cuando llegaba la hora del almuerzo los primeros días la pasábamos en blanco. Muchas veces tomábamos el sirope de los refrescos, así a pulso y después atenerse a las diarreas. Sin dudas, nuestras compañeras de trabajo se dieron cuenta que no llevábamos nada de almuerzo, por lo que alguna que otra siempre nos brindaba algo de lo que traían para ellas. Generalmente comían un sándwich preparado de pan con mantequilla con ruedas de tomate o con lascas de pimientos, eran exquisitos y más con el hambre que teníamos. Algunas se solidarizaron con nosotros y nos traían también. Hoy aun suelo preparármelos, a los que llamo sándwiches de los pobres. Después de más o menos un mes, habiendo cobrado las dos quincenas,  debí marcharme y presentarme en la universidad donde cursaría mis estudios de Ingeniería química.

Publicado por aulapress2016

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